Manu Parisse

¿Qué tiene que ver el propósito con la procrastinación?

“Lo haré cuando tenga más tiempo.”

Lucía tenía la lista perfecta, tres apps de productividad y mil ganas de “ponerse al día”. Pero cada vez que tocaba avanzar con lo importante, aparecía algo urgente, Instagram o el perfeccionismo disfrazado de “investigar un poco más”. Al final del día, cansancio y culpa.

Y quizá tú también te preguntas:

“¿Qué tiene que ver mi propósito con que yo posponga todo?”

Spoiler: casi todo. La procrastinación no es flojera; muchas veces es desconexión de sentido (y gestión emocional). Cuando no hay un para qué vivo, el cerebro busca mini recompensas inmediatas para amortiguar el vacío, el miedo o la incertidumbre. Cuando el propósito está claro y aterrizado, baja la fricción para empezar.

La procrastinación como “protección” (y por qué se siente tan lógica)

Nuestro cerebro es experto en mantenernos con vida. Y lo ha hecho muy bien. Pero le importa poco “mejorar”, “autosuperarse” o “alcanzar sueños”. Todos conceptos de la vida moderna. Es por eso que nuestra mente es experta en excusas razonables:

  • “Cuando esté 100% lista, arranco.”
  • “Hoy no rindo, mejor mañana con calma.”
  • “Antes necesito formarme un poco más.”

No es que seas “débil”: tu mente te está protegiendo de emociones incómodas (miedo a fracasar, a ser excluída, a destacar, a incomodar, a perder control). Sin propósito claro, esas emociones ganan terreno. Con propósito, tienen dónde apoyarse.

Cuando sabes para quién y para qué haces algo, se vuelve más costoso no hacerlo.

La procrastinación no es flojera ni falta de ganas: es una respuesta cerebral. Nuestro cerebro está diseñado para evitar el malestar inmediato y buscar recompensas rápidas.

Cuando queremos hacer algo importante (escribir, emprender, ejercitar, cambiar un hábito), casi siempre implica esfuerzo, incomodidad o incertidumbre. Eso activa la amígdala, la parte del cerebro que detecta amenazas. Aunque no sea un peligro real, la amígdala interpreta esa incomodidad como algo a evitar.

En ese momento entra en juego el circuito de recompensa dopaminérgico: en lugar de quedarnos con la tarea difícil que nos dará satisfacción futura, el cerebro busca una gratificación inmediata que libere dopamina rápido (revisar el celular, comer algo, mirar redes). Así calma la tensión de la amígdala y nos da un alivio momentáneo… pero con culpa después.

El área que podría ayudarnos a sostener la acción —la corteza prefrontal, encargada de la planificación, la toma de decisiones y el autocontrol— es más “lenta” y requiere energía para imponerse. Cuando estamos cansados, estresados o con dudas, esa corteza pierde fuerza frente a la amígdala y al circuito de recompensa.

Cuando falta propósito, aparecen estas señales

  • Haces mucho… pero no lo que importa.
  • Cambias la herramienta, no el hábito.
  • Reescribes la lista sin mover una ficha clave.
  • Te abruma empezar y te castigas por no hacerlo.
  • Al primer contratiempo, abandonas. Pues si no es perfecto, no vale.
  • Buscas dopamina rápida (redes, email, tareas mínimas) para sentir “avance”.

Entender esto ayuda, pero no alcanza: se transforma con práctica diaria.

Propósito practicable (no eslóganes): 3 preguntas

Antes de dejar de procrastinar, hay que aterrizar lo que te enciende, tu sueño u objetivo. Si no sabes cuál es tu propósito en esta etapa de tu vida, debajo te dejo una guía gratuita para encontrar tu propósito, ¡si no lo tienes claro aún!

Si lo tienes más o menos claro pero procrastinas, postergas…te sugiero comiences por contestar estas preguntas:

  1. ¿Para quién importa? (nombre, cliente, tu ‘yo’ de 6 meses)
  2. ¿Qué cambia si lo hago hoy? (beneficio concreto)
  3. ¿Cuál es el 1% que puedo mover ahora? (acción de 10 minutos)

Si no puedes responder, no tienes un propósito operativo; tienes una frase bonita. Te recomiendo que mires la guía que preparé para ti!

Tres prácticas para desatascarte (empieza hoy)

Procrastinamos porque el cerebro prioriza aliviar el malestar inmediato sobre construir la satisfacción a largo plazo, aunque racionalmente sepamos qué es lo que queremos. 

Asumiendo que conoces tu propósito pero igualmente procrastinas… cómo salir de ahí? Te dejo algo para empezar:

1) Marco 3P: Propósito → Próximo paso → Protección

  • Propósito (1 línea): “Escribo este email para asegurar la reunión que me acerca a X.”
  • Próximo paso (10 minutos): redactar el primer párrafo, título del deck, índice del post.
  • Protección (ambiente): móvil fuera de la vista, pestañas cerradas, temporizador 15′.
    Frase ancla: “No voy a terminar; voy a empezar.”

2) Bloques con sentido (agenda que empuja)

Reservá a primera hora un bloque de 30 a 45 minutos solo para tu propósito, antes de entrar en lo operativo. Ese tiempo es tu espacio sagrado: usalo para enfocarte en las acciones que realmente mueven tu proyecto hacia adelante.

Preguntate:

  • ¿Qué objetivo de hoy tiene más impacto en lo que deseo?
  • ¿Dónde quiero poner mi foco y energía en este día?

Una vez que tengas clara tu intención, pasá a lo operativo: mails, llamados, rutinas, averiguaciones. Y no olvides integrar el auto-cuidado como parte fundamental de tu productividad sostenible: descansar, moverte, alimentarte bien y cuidar tu energía. Esos actos no son “extras”, son la base que te permite accionar desde la expansión y no desde la exigencia.

3) Antiperfeccionismo práctico (hecho > perfecto)

Siempre algo estará mejor hecho que perfecto. No solo porque la perfección no se alcanza nunca (es una ilusión) sino porque el tiempo, recursos y energía destinados a perfeccionar algo no necesariamente nos darán más satisfacción o ventas, sino que nos tendrán atrapadas en un bucle del cual es difícil salir. 

  • Define criterio “suficiente” antes de empezar (ej.: 600 palabras, 1 revisión).
  • Entrega en borrador a una persona de confianza con fecha límite.
  • Cierra con check de realidad: “¿Esto cumple el objetivo mínimo?” Si sí, envía.

La acción imperfecta enciende el propósito; la espera perfecta lo apaga!

Propósito y energía: cuida el combustible

No postergas porque no te importe; a veces no tienes batería.
Haz un check rápido de energía (0–10) y ajusta la exigencia del bloque.
Estrategias de 5–10′: respiración, agua, estiramientos, mini siesta visual (mirar lejos, la naturaleza, sin pantallas..)
Tu propósito necesita de tu presencia y un cuerpo disponible para crear y avanzar. 

Del “algún día” al “hoy 1%”: tu siguiente paso

Para ayudarte a pasar del discurso a la práctica, preparé un kit simple y accionable:

Encuentra tu propósito y deja de procrastinar
Incluye:

  • Encuentra tu propósito con preguntas clave → ejercicios de autoconocimiento para darle dirección real a tu vida.
  • Supera la procrastinación con neurociencia → entiende por qué postergas y aprende a hackear tu cerebro.
  • Diseña tu rutina de acción y disciplina → pasos simples para transformar intención en resultados.

No necesitas fuerza de voluntad infinita; necesitas un sistema amable y empezar hoy.

¿Te gustaría tener herramientas reales para avanzar con propósito y dejar de postergarte?

Si estás cansada de darte cuenta… pero no saber cómo cambiar, no te juzgues. Respira.
Solo estás en proceso.

Con profesionalidad, amabilidad y humildad, acompaño a personas a transformar ese “ya lo trabajé” en un “ahora lo estoy viviendo distinto”.

Por eso te preparé un mini ebook gratuito donde exploramos un vínculo clave:
qué tiene que ver el propósito con la procrastinación

Porque muchas veces no es falta de ganas lo que nos frena, sino falta de dirección.
Cuando no tenemos claro para qué hacemos algo, el cerebro busca refugiarse en lo cómodo y en lo inmediato.
Pero cuando conectamos con un propósito auténtico, cada acción —por pequeña que sea— empieza a tener sentido.

En este ebook vas a encontrar reflexiones, ejemplos y ejercicios prácticos para:
🌱 Reconocer tus verdaderas motivaciones.
🧭 Diseñar una rutina alineada con lo que te importa.
🔥 Superar la procrastinación con neurociencia y propósito.

🎁 Descárgalo gratis aquí:
👉 Encuentra tu propósito y deja de procrastinar

Es tu primer paso para dejar de repetir lo que ya no te representa, y empezar a construir una versión de ti que actúa con claridad, dirección y amor propio.

El cambio no llega castigándote.
Llega cuando te sostenés con compasión, constancia… y herramientas reales.

De víctima a protagonista: el cambio interno que transforma todo

“¿Por qué siempre termino en el mismo lugar?”

María también había hecho “lo correcto”: terapia, libros, podcasts, talleres. Entendía sus patrones y podía explicarlos con detalle. Pero cuando llegó ese mensaje que le movía el piso, volvió el viejo guion: justificarse, esperar que el otro cambiara, sentirse pequeña. Y la pregunta que quizá hoy te haces tú también:

“¿Cómo paso de sentirme víctima a ser la protagonista de mi vida?”

Spoiler: no es cuestión de culparte ni de “ponerle garra” a todo. Es un cambio de eje: tomar responsabilidad sobre mi bienestar. No es cargar con todo, es recuperar tu poder de elección.

La trampa de la víctima (el guión que parece lógico)

La mente es brillante para armar argumentos que nos dejan justo donde estamos. Suenan así:

  • “Si él cambiara, yo estaría bien.”

     

  • “No puedo porque en mi familia siempre fue así.”

     

  • “Yo no elegí esto, me tocó.”

     

  • “Ya lo intenté mil veces, no es para mí.”

     

Estas frases parecen sensatas… pero esconden un precio alto: ceden tu poder. Colocan fuera lo que puedes decidir hoy. No niegan el dolor ni la injusticia; solo recuerdan que sin acción propia no hay transformación. Lo que pasa es que el cerebro es adicto químicamente al victimismo, y toda una sociedad lo refuerza! Así que no es tu culpa! es simplemente lo que aprendiste de alguien más. Pero se puede hacer un esfuerzo consciente en cortar ese automatismo.

Responsabilidad no es culpa. Culpa es mirar al pasado con dedo acusador; responsabilidad es mirar al presente con una actitud “activa” que sabe distinguir de qué hacerse cargo y de que no para estar bien con uno mismo.

¿Y qué es la “Responsabilidad emocional”? No es tragarlo todo

En las relaciones solemos hablar de responsabilidad afectiva, o emocional. Significa tres cosas muy concretas:

  1. Reconozco lo que siento (sin minimizarlo ni dramatizarlo).

     

  2. Lo nombro y lo comunico de forma asertiva (con límites claros).

     

  3. Elijo una acción alineada con mis valores (aunque sea pequeña).

     

No es “aguantar”. Es coherencia: pensar, sentir y actuar en la misma dirección. Eso es empoderamiento femenino en la vida real: menos discurso, más decisiones sostenidas. Muchas mujeres no logran conectar con sus emociones o no les dan lugar a expresarse. Otras tienen en claro lo que sienten, pero donde la mayoría falla es en la forma de comunicar esos sentimientos, decisiones y límites a los demás. Una tiene que hacerse cargo de aprender cómo comunicar de forma asertiva, sin ser pasiva pero tampoco agresiva. Luego la acción alineada se da como consecuencia de las dos anteriores. 

Por qué entender no siempre alcanza

La comprensión es luz. La terapia ordena. Pero los hábitos emocionales se reescriben con práctica, no solo con insight. Si tu cuerpo está entrenado para congelarse, complacer o explotar, va a intentar llevarte ahí una y otra vez. Esto es así por lo que el sistema nervioso “aprendió” en el pasado y la cantidad de hormonas que se segregan internamente cuando ocurren una u otra cosa. Por eso, además de entender, necesitamos entrenar respuestas nuevas en lo cotidiano: otra palabra, otra pausa, otro límite, otra salida. Solo pasando la experiencia a través de la acción – que incluye nuestro cuerpo- es cuando podemos lograr cambios sostenidos. 

Sanar es comprender. Transformar es actuar distinto, aun con dudas, cuando estamos aprendiendo.

Señales de que sigues en el guion de víctima

  • Esperas que “algo” externo (pareja, jefe, familia, suerte) te habilite a moverte.

     

  • Te cuentas la misma historia una y otra vez, pero no cambian tus acciones.

     

  • Te hablas con dureza o te justificas: un día te prometes todo, al otro te saboteas.

     

  • Sientes que negocias tu valor para no incomodar.

     

  • Pides señales al universo… y pospones la decisión que depende de ti.

     

Si te ves aquí: hay un hábito aprendido que hoy puedes reentrenar!

Tres prácticas para pasar a protagonista (empieza hoy mismo)

1) La pregunta de poder (10 minutos)

Cuando te invada el bucle, detente y pregúntate:
“¿Qué ‘sí’ depende de mí en los próximos 10 minutos?”
Haz una acción mínima: enviar ese correo, anotar el límite que dirás, apagar el móvil y caminar 5 minutos. La clave es mover el eje de “no puedo” al “sí puedo esto”.

La señal que le mandas a tu cerebro es algo así como  “No controlo todo, pero hoy elijo mi siguiente paso.” (Es decir, elijo ser responsable!)

2) Diario de coherencia (pensar–sentir–actuar)

Cada noche, dedicar 5’ a escribir unas pocas líneas – Esto es muy poderoso a nivel cerebral y nos permite conectar con las emociones que hay debajo de todo lo que nos pasa día a día y que si no paramos, pasamos por alto:

  • Pensé: ¿qué relato me conté? Ser sincera, todos nos contamos historias.

     

  • Sentí: ¿qué emoción predominó? Describir si hay mezcla de distintas emociones.

     

  • Actué: ¿qué hice que me acercó (o alejó) de lo que quiero? Y si actué “como siempre”, no juzgarme. Solo observar, dar espacio a mirar esa reacción que quiero cambiar sin castigarme.

     

En una semana verás patrones y pequeñas victorias. Eso nutre tu autoestima desde la evidencia, no desde el “debería”!

3) Límite en 3 capas (frase + acción + consecuencia)

Un límite no es un discurso, es un acuerdo contigo. No le ponemos límites a los demás, nos los ponemos a nosotras mismas para respetarnos, cuidarnos, priorizarnos. 

  • Frase: “Con respeto, esto no lo acepto.” No lo quiero, no lo necesito, no lo priorizo ahora…

 

  • Acción: “Si se repite, me retiro de la conversación.” A veces no podemos irnos rápidamente de entornos que nos hacen mal -Ej. trabajo con mal clima laboral- pero siempre podemos hacer pausas, callar, retirarnos por un rato.

 

  • Consecuencia: Y la cumples. Sin castigos, sin amenazas. Solo coherencia. Es decir, pensar de antemano lo que harás si un límite es traspasado. Lo más sano sería tener una conversación con las personas que nos importan: aquí es importante distinguir cuánto de eso que “el otro me hace” en realidad yo lo permití. Al mismo tiempo, ser autocompasiva conmigo, porque estoy aprendiendo, pero también compasiva con el otro, que a veces no suele ser consciente que estaba traspasando un límite (porque yo tampoco lo comuniqué). Y con quienes no son vínculos cercanos, podemos elegir no compartir tanto tiempo o alejarnos completamente.

     

Practica primero en escenarios simples (tiempo, tareas, redes). Luego llévalo a vínculos clave. Tu sistema nervioso necesita ensayos seguros para sostener límites mayores.

Relaciones conscientes: responsabilidad compartida, no sobrecarga

Ser protagonista no es hacerte cargo de todo. Es distinguir: esto es mío, esto es tuyo, esto es del vínculo. Cuando cada quien asume su parte, la relación crece en respeto y claridad. Cuando no, eliges: limitar, pedir ayuda o retirarte. Eso también es amor propio. El desafío en las relaciones es que todos estamos aprendiendo, el otro también. Es por eso que hay que elegir en cuáles relaciones estamos dispuestas a invertir nuestro tiempo y energía para cuidarlas, respetando que el otro también tiene derecho a poner sus límites y equivocarse, al igual que yo. Y cuáles es mejor soltar o transformar la forma de vincularnos. 

Del drama a la claridad: tu siguiente paso

Si quieres bajar esto a tierra con estructura, creé un cuaderno práctico para ti:

📥 Lead Magnet — “Del drama a la claridad: guía práctica para tomar responsabilidad sin culpa”
Incluye:

  • Plantillas del Diario de Coherencia para 14 días.

     

  • Guiones Límites en 3 capas: aprende a ponerlos en el trabajo y en relaciones.

     

  • Checklist Responsabilidad Emocional para identificar “qué es mío y qué no”.

     

  • Preguntas de revisión para sostener el cambio.

     

Descárgalo y úsalo como tu mapa. No necesitas hacerlo perfecto; necesitas empezar.

¿Te gustaría tener herramientas reales para dejar de sentir que todo te pasa… y empezar a sentir que todo te transforma?

Si estás cansada de repetir los mismos patrones, de reaccionar en automático o de cargar con lo que no te corresponde… no te juzgues. Respira.
Solo estás en proceso. 🌱

Con profesionalidad, amabilidad y humildad, acompaño a personas que desean dejar atrás el drama y comenzar a vivir con más calma, claridad y dirección.

Por eso te preparé un mini ebook gratuito donde comparto ejercicios y prácticas simples para que empieces a dar ese paso hoy:

🎁 Descárgalo gratis aquí:
👉 “De víctima a protagonista”

Una guía práctica para tomar responsabilidad sin culpa, fortalecer tus límites y recuperar tu energía emocional.
Descubrirás herramientas como:

Diario de coherencia – para reconocer lo que sentís y elegir cómo responder.
Guiones para poner límites – sin culpa, con respeto y firmeza.
Checklist de responsabilidad emocional – para distinguir qué es tuyo y qué no.
Preguntas de control – para mantenerte en tu centro, incluso en el caos.

Es tu primer paso para soltar el rol de víctima, dejar de cargar mochilas ajenas y convertirte en la protagonista consciente de tu vida.

💫 El cambio no viene de culparte.
Viene de acompañarte con compasión, constancia… y herramientas reales.

¿Por qué sigo repitiendo lo mismo si ya fui a terapia?

“Otra vez me pasa lo mismo…”

Paula había hecho todo “bien”: tres años de terapia, cuadernos llenos de reflexiones, límites aprendidos y heridas revisadas. Pero una tarde, frente a una decisión importante, volvió a lo de siempre: paralizarse, sabotearse, hablarse mal.

Y entonces se preguntó lo que quizás tú también te preguntas:
“¿Por qué me sigue pasando lo mismo si ya fui a terapia?”

Spoiler: no es tu culpa. Hay una parte invisible que no se sana solo entendiendo… se transforma actuando distinto.

El autosabotaje: el bucle silencioso que se disfraza de lógica

La cantidad de historias que nos contamos para seguir haciendo lo mismo, sintiendo lo mismo. Muchas personas se autosabotean con largos razonamientos que vienen de la mente, sin considerar la emoción que se esconde debajo. Entonces tienen una lista de argumentos que suelen terminar en frases como..

  • “Ahora no es el momento, mejor espero…”
  • “Total, seguro voy a abandonar como ya hice antes.”
  • “Debo estar más preparada, quizá más adelante.”
  • “En mi caso es muy difícil porque…”

Estas frases esconden una red emocional inconsciente. Según la psicóloga Lisa Firestone, el autosabotaje surge de la «voz interior crítica», una construcción mental basada en heridas pasadas que actúa como un mecanismo de defensa frente al cambio (Firestone, 2013, PsychAlive).

En otras palabras, no te estás frenando porque no quieras avanzar, sino porque tu sistema nervioso está intentando protegerte de un posible dolor conocido. Detrás de esas frases se esconde una emoción, siendo la más común el miedo. El mismo patrón. El viejo disfraz con nueva ropa.

Romper con el autosabotaje requiere más que conciencia: necesita práctica diaria y estrategias que te acompañen en lo cotidiano.

“Ya fui a terapia”: ¿por qué no es suficiente?

Terapia es luz. Es guía. Es sanación. La recomiendo cada día de mi vida y la elijo para mi también. Pero, muchas veces, se queda en lo cognitivo: me pasó preguntarle a mi psicoanalista “y cómo hago para cambiarlo?” y que la respuesta sea “no podés, es el agujero…la castración”. Me pasó que pude entender los patrones… pero seguía actuando igual. A veces con más consciencia, pero volvía a pisar el palito. 

Y eso pasa porque los hábitos emocionales se graban con la repetición, no con la comprensión. Yo puedo entender muy bien desde la mente que “necesito cambiar de trabajo” porque odio el que tengo actualmente, mi jefe es un tóxico y no me toman en serio. Pero si mi hábito emocionar sigue siendo el de congelarme ante los conflictos, callarme para no incomodar o adaptarme para que me aprueben, voy a seguir atrapada en el mismo lugar, aunque tenga mil insights. Como dice el Dr. Joe Dispenza: “No puedes crear un nuevo futuro aferrándote a las emociones del pasado”.

Esto se debe a que el sistema límbico, que regula nuestras respuestas emocionales, no distingue entre una amenaza real y una anticipada desde la memoria. Por eso, aunque sepa que merezco algo mejor, si mi cuerpo está habituado al miedo, va a elegir quedarse donde ya conoce.

Un estudio publicado en “Frontiers in Psychology” (Baumeister et al., 2007) señala que la repetición de patrones emocionales activa los mismos circuitos neuronales una y otra vez, hasta que esa respuesta se convierte en automática. Ahí es cuando la comprensión ya no es suficiente: hace falta reeducar al cuerpo a través de experiencias distintas, aunque sean pequeñas.

Sanar es entender. Transformar es actuar diferente, incluso cuando la emoción se resiste.

Aquí es donde integro el coaching a mi práctica profesional como herramienta poderosa de transformación: una práctica que te ayuda a pasar del “lo entiendo” al “lo hago diferente”. 

Cómo saber si estás atrapada en un patrón que ya no te sirve

Hay señales que pueden ayudarte a identificar si estás en bucle emocional:

  • Sientes que avanzas… pero terminas en el mismo punto.
  • Tienes claridad, pero no acción sostenida.
  • Vuelves a elegir lo que ya sabes que no funciona.
  • Te hablas bonito un día… y fatal al siguiente.
  • Procrastinas decisiones importantes.

No le creas a los millones de coaches que te dicen “tenés que entrenar la fuerza de voluntad”. Esa es la capa superficial:  es que no nos enseñaron cómo salir del modo automático emocional! Pero si quieres empezar, continúa leyendo. 

Tres herramientas para empezar a romper el bucle (sí, hoy mismo)

Aquí van tres prácticas concretas que puedes usar cada día para comenzar a salir del autosabotaje:

1. Microdecisiones conscientes

Cuando sientas la duda o el miedo, detente. Pregúntate:

“¿Estoy decidiendo desde la calma o desde la herida?”

Estas microdecisiones activan la corteza prefrontal, ayudando a “reeducar” la respuesta emocional automática. Según un estudio de Tang et al. (2015, Nature Reviews Neuroscience), la práctica de la atención consciente como el Mindfulness mejora la autorregulación emocional y fortalece la conexión entre emoción y conducta.

Elegir de forma consciente desde el amor hacia ti misma y tu compromiso con autosuperarte una y otra vez, reprograma el patrón.

2. Reescribe tu narrativa interna con lenguaje coherente

Detecta frases como: “yo siempre arruino todo” o “soy muy intensa”.
Anótalas. Luego cámbialas por una versión más honesta y amable:

“Estoy aprendiendo a hacerlo distinto.”
“Puedo sentir mucho y aún así estar bien.”

Esto no es autoayuda vacía sino el gran poder transformador del lenguaje: solemos decir(nos) una cantidad de mentiras en forma de generalizaciones tales como “Es que todo me sale mal” que aunque en el fondo sepamos no son ciertas, nuestro subconsciente las cree de forma literal. Cambiar el lenguaje interno tiene impacto directo en tu identidad y por ende en como co-creas tu realidad. Según James Clear (2020, Atomic Habits), la repetición de afirmaciones basadas en acción genera coherencia entre quién eres y cómo actuás, creando un cambio más sostenible.

3. Cuida tu entorno como quien cuida una herida

Rodéate de conversaciones, espacios y personas que te eleven.
No se trata de aislamiento, sino de construir un ecosistema emocional nutritivo.

La neurocientífica Candace Pert demostró que las emociones no son solo “cosas que sentimos”, sino sustancias químicas reales que circulan por nuestro cuerpo, afectando cada célula (Pert, 1997, Molecules of Emotion). Esto significa que lo que pensamos y sentimos cambia literalmente nuestra biología. Y el entorno en el que estamos influye de forma directa en ese proceso.

Quizá estés pensando: “Pero yo vivo con alguien que me maltrata” o “no puedo cambiar a mi familia”. Y es cierto: no siempre podemos modificar el entorno de golpe. Pero sí podemos empezar a protegernos. Podés elegir alejarte gradualmente de vínculos que no te respetan, reducir la exposición emocional a quienes te hacen daño, y construir una autoestima sana y fuerte como para dejar de normalizar el maltrato.

Como dice el terapeuta Gabor Maté: “No es egoísmo poner límites; es un acto de supervivencia emocional”.

Mientras tanto, no subestimes el poder de las microdosis de inspiración. Libros, podcasts, cuentas que te eleven, voces que te reflejen algo mejor… aunque no estén físicamente en tu vida, al consumir ese contenido empezás a reeducar tu sistema nervioso. Le mostrás al cerebro que hay otra forma de vivir, de vincularte, de hablarte. Y eso, aunque parezca pequeño, es profundamente transformador.

 

¿Te gustaría tener estas herramientas en tu rutina diaria?

Si estás cansada de darte cuenta… pero no saber cómo cambiar, no te juzgues…respira.
Solo estás en proceso.

Con profesionalidad, amabilidad y humildad, acompañó a personas a transformar ese “ya lo trabajé” en un “ahora lo estoy viviendo distinto”.

Por eso te preparé un mini ebook gratuito donde profundizo en estas tres estrategias con ejemplos y ejercicios diarios para que puedas usarlas desde ya:

 

🎁 Descárgalo gratis aquí:
«3 herramientas diarias para dejar de autosabotearte y avanzar con claridad»

Es tu primer paso para dejar de repetir lo que ya no te representa y empezar a construir una versión de ti con dirección, amor propio y práctica consciente.

El cambio no viene de castigarte. Viene de sostenerte con compasión, constancia… y herramientas reales.

Autoexigencia: una voz que aprendiste, no naciste con ella

Cuando “hacerlo todo bien” se vuelve agotador

Ana era esa mujer que lo tenía todo bajo control: la agenda, las reuniones, los mil “sí” que daba aunque no pudiera más. Hasta que un día, el cuerpo la frenó. No con una gran crisis, sino con una sensación constante de tensión, cansancio y vacío.

“¿Cómo puede ser que haga tanto… y aún así sienta que no hago lo suficiente?”

Si vos también vivís con esa presión invisible de tener que estar siempre “a la altura”, este post es para vos.

Autoexigencia: ¿de dónde viene esta voz interna?

No naciste con ella.
Ningún bebé duda de su valor.

Lo que hoy se activa en vos como crítica interna, alguna vez fue una estrategia de adaptación.
Aprendiste, en algún momento, que para ser querida, tenías que rendir.
Que no podías fallar. Que mostrarte vulnerable era peligroso.

“El niño que no fue amado por ser simplemente quien es, intentará ser perfecto para no perder el amor.” — Alice Miller

“No somos lo que logramos. Pero aprendimos que valemos lo que producimos.” — Dr. Gabor Maté

Autoexigencia y ansiedad no son tu identidad.
Son respuestas. Son adaptaciones. Son el resultado de años sobreviviendo en modo rendimiento.

Así nace la autoexigencia: como un mecanismo de supervivencia emocional.

Y cuando ese sistema se activa sin pausa, puede manifestarse también como ansiedad.

La historia del jinete y el caballo

Norberto Levy usa una metáfora poderosa para describir la relación entre nuestras dos partes internas:
la que exige (la mente), y la que es exigida (el cuerpo, las emociones, la energía vital).

Imaginá un jinete que quiere llegar a una montaña.
Tiene una meta clara, una visión inspiradora, y cabalga con fuerza sobre su caballo.
Está tan concentrado en llegar, tan entusiasmado con la idea de lograrlo, que deja de percibir cómo está su compañero de viaje.

A mitad de camino, el caballo empieza a mostrar señales:
tiene sed, está cansado, le duelen las patas.
Pero el jinete, en lugar de detenerse, le susurra:
—»Ya falta poco… más tarde, ahora no.»

Sigue adelante. Se convence de que cuando lleguen a la cima, podrán descansar tranquilos, beber agua fresca, y todo va a estar bien.
Lo motiva con frases poderosas:
—»Aguantá un poco más, estamos cerca.»
—»Todo esto va a valer la pena.»

El caballo, fiel, sigue obedeciendo.
Pero cada vez le cuesta más.
El camino se vuelve duro, y el jinete está tan enfocado en el objetivo que no se da cuenta del precio que están pagando.

Cuando por fin la cima está a la vista —a unos metros—, el caballo se desploma.
No puede más.
Y muere.

El jinete, desconsolado, queda solo.
Tan cerca de su meta… y sin forma de alcanzarla.
Sin haber disfrutado el camino.
Sin haber cuidado al único ser que podía llevarlo hasta allí.

Y entonces entiende —tarde— que sin caballo, no hay llegada.
Y que él también está condenado, porque ya no tiene con qué avanzar.

¿Y qué tienen que ver esto con el perfeccionismo?

Todo.

El perfeccionismo es el disfraz elegante de la hiperexigencia.
Es la forma en la que intentamos controlar lo incontrolable: la mirada del otro, la aprobación, el miedo a ser rechazadas.

Lo triste es que las personas perfeccionistas se cuentan que “aspiran a la excelencia” confundiendo ambos términos. 

“El perfeccionismo no es lo mismo que esforzarse por ser excelente. Es la creencia de que, si me veo perfecta y hago todo perfectamente, puedo evitar la culpa, la vergüenza y el juicio.” — Brené Brown

Cuando apuntamos a la excelencia, somos conscientes de todo el rango emocional que vamos a vivir en ese camino y que a veces, lo bueno es enemigo de lo perfecto. Porque ese traje, por más bonito que luzca por fuera, por dentro aprieta, desgasta y duele.

Cuando siempre tienes que ser fuerte, te perdés el permiso de ser humana.

 

¿Cómo afecta esto a tu bienestar emocional?

Muchas veces tu identidad se mezcla con ese ‘hacer’ constante.

A lo largo de los años, tu valor quedó ligado a tu rendimiento.
A la eficiencia, a la responsabilidad, a los logros.
Entonces, ¿quién sos si no hacés nada?
Esa pregunta da miedo. Y por eso, seguimos. Es más fácil decir “no puedo”, “eso no contempla mi situación”, “es que si no lo hago yo no lo hace nadie” que enfrentarse al mundo de la duda, de las posibilidades, porque en el fondo, es cuestionarse todo lo que uno creyó por tantos años. 

Alargo plazo, el costo es alto:

  • Vivís en modo alerta, con tensión constante en el cuerpo, aunque a veces ni te des cuenta.
    Otros te dicen: “No sé cómo hacés con todo”, y vos tampoco sabés —solo seguís.
  • Te cuesta muchísimo descansar de verdad.
    Incluso en vacaciones, tu mente sigue activa:
    compartís cada paso en redes, te proponés leer tres libros, planificás todas las comidas saludables.
    No lo hacés por obligación, claro, pero en el fondo… sigue siendo una forma de no parar.
    De seguir en modo “hacer”, aunque estés en un contexto de aparente descanso.
  • En tus vínculos, das más de lo que podés sostener.
    Decís que sí a planes, encuentros, compromisos…
    aunque tu agenda explota y tu cuerpo grita por una noche tranquila en casa.
    Pero aparece el FOMO, el miedo a decepcionar, la culpa de no estar.
  • Tu voz interna no es amable.
    Es exigente, impaciente, crítica.
    Y encima te convenciste de que le debés todo a esa voz: tus logros, tu disciplina, tu éxito.
    Cuando en realidad… también podrías haber llegado hasta acá desde la excelencia, sin tanto castigo, sin tanto desgaste interno.
  • Y lo más doloroso:
    Perdés espontaneidad.
    Te cuesta disfrutar sin estar pensando en la próxima tarea.
    Te desconectás de tu ser más auténtico, como si fueras un radar encendido todo el tiempo, escaneando lo que falta, lo que deberías, lo que podrías hacer mejor.

¿Estoy en modo autoexigencia? Pistas para identificarlo

  • — Te cuesta delegar o pedir ayuda, porque en el fondo creés que “nadie lo hace como vos” (y si lo hacen, seguro algo queda mal o incompleto).
  • — Cuando no llegás a tus propios estándares, te hablás mal. No conocés la compasión con vos misma… y a veces, tampoco con los demás.
  • — Descansar te genera culpa. Si no hacés “algo útil”, sentís que estás perdiendo el tiempo.
  • — Decís “sí” cuando en realidad querías decir “no”, pero el miedo a decepcionar o quedar mal puede más.
  • — Te convenciste de que, si no lo hacés vos, no va a salir bien. Entonces preferís cargar con todo, aunque estés al límite.
  • — Incluso cuando hay espacio para disfrutar, tu cabeza ya está en la próxima tarea. Como si relajarte del todo no fuera seguro.

¿Qué podés hacer para empezar a regularte?

1. Reconocé la voz exigente… y empezá a ponerla en duda

Esa voz que te dice que no alcanza, que podrías haber hecho más, que descansar es de flojas… no sos vos.
Es una voz que aprendiste. Podés empezar a observarla sin identificarte con ella.
Preguntate:

“¿Le hablaría así a alguien que amo?”
“¿Qué pasaría si elijo hacerlo más simple?”

2. Empezá un proceso de terapia o coaching 

La autoexigencia suele estar ligada a creencias profundas:
“Tengo que demostrar que valgo”,
“Si me equivoco, me van a dejar de querer”,
“Solo merezco si rindo”.

Un proceso terapéutico te puede ayudar a desarmar esas creencias desde la raíz.
Terapias como la cognitivo-conductual, IFS (Internal Family Systems), o el coaching con enfoque emocional y de partes internas son claves para esto.

3. Pedí ayuda (y bancate el malestar de hacerlo)

Delegar, pedir, frenar… va a darte incomodidad al principio.
Tu mente va a gritar: “¡Vas a perder el control!”, “¡Vas a quedar mal!”.
Pero es parte del proceso de regulación.
Pedí ayuda con cosas concretas. Celebrá cada pequeño acto de apoyo que recibís. De a poco, tu sistema se va a sentir más seguro.

4. Conectá con tu cuerpo todos los días, aunque sea 5 minutos

El cuerpo es el caballo (como en la metáfora de Norberto Levy). Si no lo escuchás, se agota.
Una pausa de respiración, estirarte, bailar, caminar sin auriculares, masajearte las piernas… son formas de bajar del modo «hacer» al modo «estar».

5. Empezá un diario de compasión

Escribí cada noche 3 frases amables para vos, como si fueras tu mejor amiga.
Podés incluir también:
– Algo que hiciste sin exigencia
– Algo que soltaste
– Algo que merecés aunque no hayas hecho “todo perfecto”

6. Cambiá el “tengo que” por “elijo” o “prefiero”

No es lo mismo decir “Tengo que cocinar sano todos los días
que decir “Elijo cuidarme, pero hoy prefiero algo simple”.

Este lenguaje cambia tu relación con las decisiones. Te devuelve soberanía.

7. Empezá a registrar los beneficios de bajar la vara

¿Dormiste mejor? ¿Reíste más? ¿Te conectaste con alguien desde el disfrute, no desde el deber?
Ese es tu nuevo combustible.

8. Recordá que esto no se cambia de un día para el otro

El objetivo no es volverte “una persona relajada” de la noche a la mañana.
Es volver a casa.
A tu ritmo natural.
A tu derecho a ser humana.
A tu derecho a vivir sin tener que demostrar tanto.

Descarga gratuita

e-book gratuito “Baja la vara, Vuelve a ti”, pensada para mujeres hiperexigentes que creen que su autoexigencia es la clave de su éxito, cuando en realidad es una cárcel disfrazada de virtud.
Este  e-book “Baja la vara. Vuelve a ti” es un mini manual gratuito para empezar a liberarte de la autoexigencia (sin perder tu foco ni tu esencia comprometida)

👉 Descargalo gratis – Mini manual gratuito para empezar a liberarte de la autoexigencia (sin perder tu foco ni tu esencia comprometida)

 

Porque no estás sola. Y esto se puede cambiar.

Autoexigencia y ansiedad son síntomas, no etiquetas.
No estás rota, estás saturada. Y hay otra forma de vivir.
Una forma donde el bienestar emocional es una prioridad, no un premio.

Y si quieres acompañamiento para ese proceso, el coaching puede ser tu próximo paso.

Conoce más sobre mis cursos y cómo pueden ayudarte a volver a tu centro desde un lugar real, suave y sostenible.

 Recursos recomendados

📆 Sesión individual (coaching 1:1): consultá disponibilidad

🧠 Curso sugerido: “De la exigencia a la excelencia: cómo sumar logros sin negociar tu paz interior”