Manu Parisse

Autoexigencia: una voz que aprendiste, no naciste con ella

autoexigencia

Cuando “hacerlo todo bien” se vuelve agotador

Ana era esa mujer que lo tenía todo bajo control: la agenda, las reuniones, los mil “sí” que daba aunque no pudiera más. Hasta que un día, el cuerpo la frenó. No con una gran crisis, sino con una sensación constante de tensión, cansancio y vacío.

“¿Cómo puede ser que haga tanto… y aún así sienta que no hago lo suficiente?”

Si vos también vivís con esa presión invisible de tener que estar siempre “a la altura”, este post es para vos.

Autoexigencia: ¿de dónde viene esta voz interna?

No naciste con ella.
Ningún bebé duda de su valor.

Lo que hoy se activa en vos como crítica interna, alguna vez fue una estrategia de adaptación.
Aprendiste, en algún momento, que para ser querida, tenías que rendir.
Que no podías fallar. Que mostrarte vulnerable era peligroso.

“El niño que no fue amado por ser simplemente quien es, intentará ser perfecto para no perder el amor.” — Alice Miller

“No somos lo que logramos. Pero aprendimos que valemos lo que producimos.” — Dr. Gabor Maté

Autoexigencia y ansiedad no son tu identidad.
Son respuestas. Son adaptaciones. Son el resultado de años sobreviviendo en modo rendimiento.

Así nace la autoexigencia: como un mecanismo de supervivencia emocional.

Y cuando ese sistema se activa sin pausa, puede manifestarse también como ansiedad.

La historia del jinete y el caballo

Norberto Levy usa una metáfora poderosa para describir la relación entre nuestras dos partes internas:
la que exige (la mente), y la que es exigida (el cuerpo, las emociones, la energía vital).

Imaginá un jinete que quiere llegar a una montaña.
Tiene una meta clara, una visión inspiradora, y cabalga con fuerza sobre su caballo.
Está tan concentrado en llegar, tan entusiasmado con la idea de lograrlo, que deja de percibir cómo está su compañero de viaje.

A mitad de camino, el caballo empieza a mostrar señales:
tiene sed, está cansado, le duelen las patas.
Pero el jinete, en lugar de detenerse, le susurra:
—»Ya falta poco… más tarde, ahora no.»

Sigue adelante. Se convence de que cuando lleguen a la cima, podrán descansar tranquilos, beber agua fresca, y todo va a estar bien.
Lo motiva con frases poderosas:
—»Aguantá un poco más, estamos cerca.»
—»Todo esto va a valer la pena.»

El caballo, fiel, sigue obedeciendo.
Pero cada vez le cuesta más.
El camino se vuelve duro, y el jinete está tan enfocado en el objetivo que no se da cuenta del precio que están pagando.

Cuando por fin la cima está a la vista —a unos metros—, el caballo se desploma.
No puede más.
Y muere.

El jinete, desconsolado, queda solo.
Tan cerca de su meta… y sin forma de alcanzarla.
Sin haber disfrutado el camino.
Sin haber cuidado al único ser que podía llevarlo hasta allí.

Y entonces entiende —tarde— que sin caballo, no hay llegada.
Y que él también está condenado, porque ya no tiene con qué avanzar.

¿Y qué tienen que ver esto con el perfeccionismo?

Todo.

El perfeccionismo es el disfraz elegante de la hiperexigencia.
Es la forma en la que intentamos controlar lo incontrolable: la mirada del otro, la aprobación, el miedo a ser rechazadas.

Lo triste es que las personas perfeccionistas se cuentan que “aspiran a la excelencia” confundiendo ambos términos. 

“El perfeccionismo no es lo mismo que esforzarse por ser excelente. Es la creencia de que, si me veo perfecta y hago todo perfectamente, puedo evitar la culpa, la vergüenza y el juicio.” — Brené Brown

Cuando apuntamos a la excelencia, somos conscientes de todo el rango emocional que vamos a vivir en ese camino y que a veces, lo bueno es enemigo de lo perfecto. Porque ese traje, por más bonito que luzca por fuera, por dentro aprieta, desgasta y duele.

Cuando siempre tienes que ser fuerte, te perdés el permiso de ser humana.

¿Cómo afecta esto a tu bienestar emocional?

Muchas veces tu identidad se mezcla con ese ‘hacer’ constante.

A lo largo de los años, tu valor quedó ligado a tu rendimiento.
A la eficiencia, a la responsabilidad, a los logros.
Entonces, ¿quién sos si no hacés nada?
Esa pregunta da miedo. Y por eso, seguimos. Es más fácil decir “no puedo”, “eso no contempla mi situación”, “es que si no lo hago yo no lo hace nadie” que enfrentarse al mundo de la duda, de las posibilidades, porque en el fondo, es cuestionarse todo lo que uno creyó por tantos años. 

Alargo plazo, el costo es alto:

  • Vivís en modo alerta, con tensión constante en el cuerpo, aunque a veces ni te des cuenta.
    Otros te dicen: “No sé cómo hacés con todo”, y vos tampoco sabés —solo seguís.
  • Te cuesta muchísimo descansar de verdad.
    Incluso en vacaciones, tu mente sigue activa:
    compartís cada paso en redes, te proponés leer tres libros, planificás todas las comidas saludables.
    No lo hacés por obligación, claro, pero en el fondo… sigue siendo una forma de no parar.
    De seguir en modo “hacer”, aunque estés en un contexto de aparente descanso.
  • En tus vínculos, das más de lo que podés sostener.
    Decís que sí a planes, encuentros, compromisos…
    aunque tu agenda explota y tu cuerpo grita por una noche tranquila en casa.
    Pero aparece el FOMO, el miedo a decepcionar, la culpa de no estar.
  • Tu voz interna no es amable.
    Es exigente, impaciente, crítica.
    Y encima te convenciste de que le debés todo a esa voz: tus logros, tu disciplina, tu éxito.
    Cuando en realidad… también podrías haber llegado hasta acá desde la excelencia, sin tanto castigo, sin tanto desgaste interno.
  • Y lo más doloroso:
    Perdés espontaneidad.
    Te cuesta disfrutar sin estar pensando en la próxima tarea.
    Te desconectás de tu ser más auténtico, como si fueras un radar encendido todo el tiempo, escaneando lo que falta, lo que deberías, lo que podrías hacer mejor.

¿Estoy en modo autoexigencia? Pistas para identificarlo

  • — Te cuesta delegar o pedir ayuda, porque en el fondo creés que “nadie lo hace como vos” (y si lo hacen, seguro algo queda mal o incompleto).
  • — Cuando no llegás a tus propios estándares, te hablás mal. No conocés la compasión con vos misma… y a veces, tampoco con los demás.
  • — Descansar te genera culpa. Si no hacés “algo útil”, sentís que estás perdiendo el tiempo.
  • — Decís “sí” cuando en realidad querías decir “no”, pero el miedo a decepcionar o quedar mal puede más.
  • — Te convenciste de que, si no lo hacés vos, no va a salir bien. Entonces preferís cargar con todo, aunque estés al límite.
  • — Incluso cuando hay espacio para disfrutar, tu cabeza ya está en la próxima tarea. Como si relajarte del todo no fuera seguro.

¿Qué podés hacer para empezar a regularte?

1. Reconocé la voz exigente… y empezá a ponerla en duda

Esa voz que te dice que no alcanza, que podrías haber hecho más, que descansar es de flojas… no sos vos.
Es una voz que aprendiste. Podés empezar a observarla sin identificarte con ella.
Preguntate:

“¿Le hablaría así a alguien que amo?”
“¿Qué pasaría si elijo hacerlo más simple?”

2. Empezá un proceso de terapia o coaching 

La autoexigencia suele estar ligada a creencias profundas:
“Tengo que demostrar que valgo”,
“Si me equivoco, me van a dejar de querer”,
“Solo merezco si rindo”.

Un proceso terapéutico te puede ayudar a desarmar esas creencias desde la raíz.
Terapias como la cognitivo-conductual, IFS (Internal Family Systems), o el coaching con enfoque emocional y de partes internas son claves para esto.

3. Pedí ayuda (y bancate el malestar de hacerlo)

Delegar, pedir, frenar… va a darte incomodidad al principio.
Tu mente va a gritar: “¡Vas a perder el control!”, “¡Vas a quedar mal!”.
Pero es parte del proceso de regulación.
Pedí ayuda con cosas concretas. Celebrá cada pequeño acto de apoyo que recibís. De a poco, tu sistema se va a sentir más seguro.

4. Conectá con tu cuerpo todos los días, aunque sea 5 minutos

El cuerpo es el caballo (como en la metáfora de Norberto Levy). Si no lo escuchás, se agota.
Una pausa de respiración, estirarte, bailar, caminar sin auriculares, masajearte las piernas… son formas de bajar del modo «hacer» al modo «estar».

5. Empezá un diario de compasión

Escribí cada noche 3 frases amables para vos, como si fueras tu mejor amiga.
Podés incluir también:
– Algo que hiciste sin exigencia
– Algo que soltaste
– Algo que merecés aunque no hayas hecho “todo perfecto”

6. Cambiá el “tengo que” por “elijo” o “prefiero”

No es lo mismo decir “Tengo que cocinar sano todos los días
que decir “Elijo cuidarme, pero hoy prefiero algo simple”.

Este lenguaje cambia tu relación con las decisiones. Te devuelve soberanía.

7. Empezá a registrar los beneficios de bajar la vara

¿Dormiste mejor? ¿Reíste más? ¿Te conectaste con alguien desde el disfrute, no desde el deber?
Ese es tu nuevo combustible.

8. Recordá que esto no se cambia de un día para el otro

El objetivo no es volverte “una persona relajada” de la noche a la mañana.
Es volver a casa.
A tu ritmo natural.
A tu derecho a ser humana.
A tu derecho a vivir sin tener que demostrar tanto.

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Porque no estás sola. Y esto se puede cambiar.

Autoexigencia y ansiedad son síntomas, no etiquetas.
No estás rota, estás saturada. Y hay otra forma de vivir.
Una forma donde el bienestar emocional es una prioridad, no un premio.

Y si quieres acompañamiento para ese proceso, el coaching puede ser tu próximo paso.

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